El embarazo y el parto de Leo

Primero voy a introducir un poco nuestra historia…
Ben es inglés, yo soy medio alemana, medio francesa, nacida en Mallorca. Nos conocimos en el 2006, al año se vino a vivir conmigo y al segundo año de relación comenzamos la reforma de una preciosa casa mallorquina en el campo, en la finca de mis padres. Dejamos nuestros trabajos (ambos del mundo del cine/audiovisual) y literalmente, con la ayuda de dos albañiles y mi padre, nos pusimos manos a la obra.
Después de un año, no sin pocas peleas ni lágrimas con mi santo padre, la casa estaba lista para entrar. Así estábamos, contentos, empezando a mudarnos, empezando a soñar con la idea de tener una familia, cuando nos dejamos ir… y al poco tiempo el test de embarazo dio positivo.
Y de repente estreno total con todo: casa, nuevo estilo de vida y ¡embarazados! ¡Uau!
La casa está ubicada en la cima de una montañita, a dos kilómetros del pueblo, al final de un camino sin asfaltar que nos protege de visitantes no deseados. Aquí no llegan los servicios de agua o electricidad, funcionamos con agua de lluvia o del pozo y placas solares.
Mientras pasaban las semanas de nuestro embarazo iba leyendo, absorbiendo información y pensando en dónde iba a traer al mundo al bebé (no quisimos saber su sexo). Al principio no tenía dudas, en el hospital, siendo mi primer parto me inquietaba hacerlo en casa. Pero después de asisitir a la visita/charla sobre la epidural en el hospital, y a medida que mi barriga iba creciendo, noté que la confianza en mí misma también iba creciendo, y que tal vez lo de parir en casa sí que podía ser una opción. ¿Por qué no? Lo comenté con Ben y, para mi grata sorpresa, estaba totalmente de acuerdo. Valiente, el tío.
Así que empecé a buscar comadrona. Alguien me habló de Deu Llunes (hoy por hoy ya no existen como tal) pero por suerte aún salían sus números de teléfono en internet. Contacté con Loles, y quedamos para conocernos. Ben y yo la conocimos en un café en Palma y desde el primer momento nos gustó y el buen entendimiento fue mutuo. Al tiempo comenzamos las clases semanales de preparación al parto y nos decidimos definitivamente a hacer el “viaje” de parir en casa. Alrededor de la semana 35 Loles vino a casa para conocer dónde le iba a tocar trabajar y creo que se asustó un poco al ver la ubicación exacta. En aquellos días el tramo final de subida a la casa (una empinada cuesta de ciento cincuenta metros) no estaba habilitado para coches normales, sólo se podía subir en 4 x 4, con cierta dificultad en días lluviosos, y yo salía de cuentas el 28 de enero, o sea, ¡en pleno invierno! Durante la reunión se barajó la posibilidad de parir en otra casa mejor ubicada en caso de urgencia, pero entonces la cosa perdía sentido para nosotros, puesto que el hecho de que el nacimiento se produjese en la casa que acabábamos de reconstruir era mágico.
A esas alturas del embarazo yo estaba segurísima de mí misma, la cosa iba a ir bien, y Ben y yo asumíamos el riesgo y la responsabilidad al cien por cien de lo que pudiese pasar. La distancia hasta el hospital de Son Dureta eran treinta minutos en coche, o menos si hay prisa…
Y bueno, decidido el plan y habiendo hecho la reunión pre-parto, empezamos a preparar todas las cositas necesarias, que si trapos hervidos y planchados, plásticos cubrelotodo, guisantes congelados para aliviar posibles hinchazones en el área vaginal o dolores de pecho por subida de leche, salvacamas, titntura de caléndula para curar puntos y ombligo, maletín de reanimación, pelota, piscina y mil cosas más. También preparamos nuestro viejo 4 x 4, le colocamos una camilla dentro, Ben giró el asiento del copiloto, compramos una luz naranja giratoria que pusimos en el techo, depósito lleno de gasolina y ¡hala!, a esperar aparcadito frente a la casa.

Llegó la semana 39. Yo ese día me encontraba más cansada de lo normal y me dije, tal vez mi cuerpo me está diciendo que me dé una siesta porque tal vez esta noche haya marcha, quién sabe. No notaba nada especial aparte de eso y braxton hicks a tope. Mi madre (que vive a tres minutos a pie) me dijo que por qué no avisaba a Loles y yo me dije, ¿para qué?, ¿para decirle que estoy cansada? La casualidad fue que nos llamó ella para ver qué tal iban las cosas y decidió venir a vernos. Me hizo una exploración y me dijo que había dilatación de 1 centímetro, pero que no siginificaba nada, que la cosa podía ponerse en marcha en cuestión de horas, o de días. Antes de irse nos recomendó cenar e irnos a dormir y eso hicimos.
Alrededor de media noche me desperté con una sensación muy rara, medio de náuseas y ardor en la zona lumbar y ganas de evacuar. Qué extraño, por un momento pensé que me había sentado mal la cena, pero me desperté de golpe cuando me di cuenta de que debía de estar de parto y que mi cuerpo se estaba vaciando por arriba y por abajo.
Después de la visita al baño avivé el fuego de las estufas y llamé a Loles, me contestó enseguida y dijo que llegaría en una hora y pico (a todo esto, Ben durmiendo como un tronco).
Yo me acomodé en el sofá y aquello se convirtió en una vorágine de contracciones. Las iba pasando como podía, respirando, jadeando, y recuerdo que me iba como desvaneciendo entre contracción y contracción, totalmente en mi limbo.
Alrededor de las dos de la madrugada llamé: Ben…? I think I need you! Apareció súper dormido … ¿Qué pasa? Y yo: vístete que enseguida llegará Loles, oh my god! Vale, ¡voy! Y a los pocos minutos llegó Loles. Se sentó un momento junto a mí, escuchó al bebé y enseguida me dejaron sola a mi rollo y se fueron a la habitación destinada al parto a montar la piscina y no sé qué más. Bien hecho porque en ese momento yo no necesitaba a nadie a mi lado.
Sobre las cuatro me hizo un tacto y ¡ya estaba de 7 cm!! ¡Hurra! ¡Qué buena noticia, qué alivio!! Recuerdo que le dijo a Ben, llama YA a su madre y a la enfermera porque esto viene rápido… Al poco aparecieron ellas, pobrecitas, en medio de la oscura noche, hacía bastante frío y se había levantado un viento tremendo, subiendo a pie por nuestra cuesta a las cuatro y pico de la mañana.

Ahí me trasladé a la habitación-paritorio y estuve dando unos pasitos abrazada a Ben, ¡menudo subidón! me castañeteaban los dientes, tenía temblores, ¡buf!, cuántas sensaciones, ¡menudas son las endorfinas y la adrenalina!, más potentes que cualquier droga. Un poco de masaje en las lumbares y ahhhhhhhh, ganas de empujarrrrrrrrrr, sííííííííííiííííií, y al poco estaba sentada en la silla de partos, con Ben detrás de mí, agarrándome a sus rodillas. Y Loles frente a mí, diciéndome “cierra la boca y empuja con todas tus ganas cuando te venga la contracción”… Y esa sensación de que no va a salir nunca, algo enorme viene por ahí, líquido caliente, se ha roto la bolsa, y ya empieza a salir… ¡No!, vuelve a irse para adentro y, sí, ya va saliendo, me arden los labios, ya noto su cabecita, suave, húmeda y caliente y ya está…. Ya sale, ya sale…. Jadeando…. Lleva el cordón tipo bandolera, Loles lo desenrrolla y ya lo tengo entre mis brazos, ¡tiene pito!, y está llorando… ¡Uffffff! ¡Ya está! ¡Lo conseguimos!! Ben llorando, yo perpleja, asimilando que tengo a nuestro hijo en brazos… Son las 5:40 del 21 de enero de 2010. Primer test de Apgar un 9, segundo test, un 10. ¡Yeah!
¡Ah, qué bien!, pienso, ya está. Pero no, espeeeeera, que falta que salga la placenta, me había olvidado de ella, momento delicado por posible hemorragia, pocos minutos después ya está, fuera también, y ahora a coser dos puntitos de nada, ¡ayyyyyyy! ¡Más dolorosos que el parto en sí!
Leo mientras tanto tranquilo, encima de mi pecho, le ofrezco el pecho pero se queda dormido un rato. Al poco vuelve a abrir los ojitos y ahora sí que busca algo, lo encuentra y empieza a succionar… ¡ahhh! Qué momento mágico y maravilloso.
Mi madre y la enfermera se van… Son las ocho de la mañana. Loles se queda un ratito más, recoge sus cosas y se va… Y nosotros nos quedamos en casa, solitos con nuestro bebé, saboreando este momento de calma y tranquilidad, el día amanece soleado y el almendro que hay frente a la casa saca su primera flor.

Elena K.
10 de noviembre de 2011.

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