Denunciados a Asuntos Sociales por un diagnóstico errado

Nuestro hijo Leo nació el 21 de enero de 2010. A las cuatro semanas de vida le salieron unas ronchitas en las mejillas que nos decían que iban a desaparecer, pero en lugar de eso la piel del cuerpo estaba cada vez más seca. Con el paso de los meses la cosa no mejoraba, hasta que a los cinco meses el diagnóstico fue piel atópica. Entonces estábamos ya casi en verano y Leo había aprendido a rascarse y no lo podíamos dejar con brazos o piernas al aire porque se hacía sangre.
Desde su primera semana de vida los controles pediátricos habían sido realizados por una pediatra privada, también homeópata. Probamos todo tipo de terapias alternativas, Bowtech, cráneo-sacral, flores de Bach, homeopatía, aceites naturales, topo tipo de cremas y NADA producía una mínima mejoría. También probamos pañales ecológicos y a hacer dietas de eliminación de alimentos por si algo en la leche materna le creaba alergia y nada, sin cambios, o muy difíciles de interpretar.
A los ocho meses de edad Leo empezó a comer, hasta entonces no se había interesado por nada más que la leche materna y la cosa empeoró. Empezó a dormir mal de puro y tremendo picor, a reclamar pecho nocturno constantemente, única cosa que le producía cierto consuelo. El pobrecito no era capaz de dormir más de 2 horas seguidas y siempre le protegíamos de sí mismo con guantes para dormir.
Ya sólo nos quedaba por probar la industria farmacéutica, pomada de cortisona y jarabe antihistamínico. Nos habíamos resistido todo ese tiempo porque nos parecía que eran medicamentos muy potentes para un bebé tan pequeño, pero llegamos al punto en que era peor el sufrimiento de Leo y nuestro cansancio por no dormir que cualquier efecto secundario de la cortisona.
Y sí, la cortisona es milagrosa, pues en cuestión de horas la piel se relaja, desaparece la rojez, deja de picar, pero el problema es que sólo cura los síntomas pero no el origen de la enfermedad. Leo empezó a dormir mejor pero no nos parecía una solución a largo plazo, pues en cuanto dejas de aplicar la crema, vuelta a empezar.
Fue entonces cuando, aparte de los controles de nuestra pediatra privada, decidí utilizar el servicio público y opcional de la Seguridad Social para encargar un análisis de sangre y confirmar si Leo era alérgico a algún alimento, pues sus deposiciones eran siempre demasiado abundantes y blandas, y a menudo se despertada llorando en la noche como si algo le doliera.
Leo nació pesando 3,1 kilos y midiendo 50 centímetros. A los seis meses pesaba 7,8 kilos y medía 69 centímetros, un bebé perfecto según las tablas de crecimiento, estaba en el percentil cincuenta. Pero a partir de ahí y coincidiendo con el inicio de sus primeras papillas, Leo dejó de coger peso.
De talla siempre se ha mantenido en el percentil cincuenta, pero la curva del pesó cayó drásticamente, mejor dicho, se mantuvo en línea recta, por debajo del percentil tres.
Nosotros confiamos en nuestra pediatra habitual, la cual iba controlando el peso, pero sin darle demasiada importancia, pues Leo es un bebé muy sano, que rebosa vitalidad y alegría, con un desarrollo motriz óptimo. De acuerdo con su experiencia y opinión, el estrés causado por el picor y el mal dormir eran un claro motivo por el cual el peso de Leo estaba estancado. Añadiendo también el mal funcionamiento de su intestino, lo cual nos llevó a la sospecha de que tuviera posibles alergias alimentarias.
Se hizo la extracción de sangre en el PAC de Andratx y mi intención era no seguir visitando a la pediatra de la Seguridad Social, la Dra. Mª Teresa Martínez Gallegos. Entonces ésta empezó a ponerse muy insistente con el peso de Leo y la famosa curva de crecimiento. En su pantalla aparecía una línea roja que no paraba de mostrarme.
Paralelo al análisis de sangre y sin tener todavía los resultados, obtuvimos cita con una experimentada homeópata-médica de familia, nuestra última esperanza después de tantos intentos de aliviar el eccema y picor. Su diagnóstico fue piel atópica de origen genético, potenciada por intolerancia a ciertos alimentos. Ella no es partidaria de extraer sangre a un bebé por ser bastante traumático y recomendó hacer un test de alimentos por vía kinesiológica. Este test puede hacerse de forma manual o con una máquina, mucho más fácil, al tratarse de un bebé. Según este método, Leo es alérgico a varios alimentos: todos los lácteos, soja, tomate, naranja y mandarina, berenjena, pimiento y patata (curiosamente, Leo se había negado categóricamente a ingerir la mayoría de estos alimentos).
Retiramos esos alimentos de la dieta de Leo, le tratamos con homeopatía y a los tres días, ¡tres días!, la piel ya estaba calmada y a la semana, curada, limpia, suave y tersa, ¡como la de un bebé! ¡Qué alegría la nuestra! Por supuesto nada más de cortisona, Leo deja de rascarse y aprende a dormir como un bebé…
Al poco tiempo suena mi teléfono: la Dra. Martínez, preguntándome que por qué no he ido a verla, pues es necesario seguir controlando el peso de Leo… Le digo que lo están viendo otros especialistas pero accedo a visitarla una vez más para mantener una relación cordial.
Visito el PAC, la Dra. me entrega el resultado del análisis de sangre, todo bien excepto que el niño presenta hipoglucemia, que en principio es normal porque le sacaron la sangre sin desayunar, después de toda la noche, unas catorce horas, sin comer ni beber nada. Dato al que luego se aferra al argumentar que el niño está desnutrido.
Y el resultado del test de alergia… ¡Tachán! Leo tiene un altísimo porcentaje de alergia a la leche de vaca. Bien, le hablo de que estamos muy contentos, de que ya hace unas cuatro semanas que Leo está genial, ya no llora de noche, no se rasca y comento por encima lo del test kinesiológico. Para ella no tiene valor el hecho de no necesitar más cortisona y que el peque por fin salió de una grave enfermedad crónica como lo es la piel atópica. Que su intestino se está regulando y que seguramente a partir de ahora vaya ganando el peso perdido. Ella insiste en que el niño debe tomar un suplemento consistente en una leche hidrolizada y también carne, pescado o huevos dos veces al día. Yo declino la propuesta porque esa leche, además de ser leche y un producto totalmente químico, contiene soja entre sus ingredientes. La Dra. parece no saber que hoy en día las propiedades de la soja, mayoritariamente transgénica, son
cuestionadas profundamente y que el niño es alérgico. La Dra. quiere que lleve a pesar a Leo una vez por semana y que hagamos más pruebas de alergia en Son Espases. Ante mi negativa me amenaza con dirigir este asunto a Asuntos Sociales. Intento llegar a un acuerdo proponiendo llevarle al niño una vez al mes. Ahí termina la conversación y abandono el PAC cogiendo cita para dentro de un mes…
A los pocos días, estando nosotros en Reino Unido visitando a la familia por Semana Santa, recibo una llamada en un tono extremadamente agresivo del Dpto. de Urgencias de Protección de Menores de Palma instándome a que acuda a Son Espases con Leo para que se lleven a cabo las pruebas pertinentes, con la posibilidad de que sea ingresado y alimentado artificialmente.
No se termina de creer que estamos de viaje, pero nos citan para el día siguiente después de nuestro regreso a Mallorca. Por la tarde me llama una vecina diciendo que la Policía Local se ha presentado tres veces en mi domicilio preguntando por mi… Nosotros nerviosos, yo muy inquieta e indignada, ya que además de haber sido amenazados y
coaccionados por la Dra., se está cuestionando mi capacidad como madre para alimentar a nuestro hijo.
Al día siguiente mi madre visita a la Dra. y a los Servicios Sociales del Ayuntamiento de Andratx en un intento de suavizar el asunto pero no consigue nada, el caso se ha derivado a Palma por su especial urgencia y gravedad. Según la Dra. Leo presenta un severo cuadro de desnutrición y se encuentra en peligro inminente.
Decidimos regresar a Mallorca antes de lo previsto y visitamos a nuestra pediatra habitual y le exponemos el caso. Directamente se ofrece a redactar un informe médico. Durante la visita hacemos un control de peso y Leo ha ganado trescientos gramos en el último mes.
Concertamos cita con un abogado especializado en asuntos médicos, el cual considera que la Dra. se ha excedido totalmente en sus competencias, además de habernos amenazado y coaccionado. Con esta información en la mano, mi pareja, Leo y yo nos dirigimos a Protección de Menores, una semana antes del día de la cita prevista. Esperamos un rato frente al despacho del Dpto. de Urgencias hasta que aparece la funcionaria que lo ocupa, la cual no puede parar de exclamar “¡pero qué niño tan guapo, pero qué niño tan guapo!”. Entonces me presento y bonita su cara de sorpresa, “así que éste es el niño desnutrido de Andratx”, dice. Le presentamos copia del informe médico redactado por nuestra pediatra y copia de la cartilla de salud, donde se relacionan todas las visitas y controles realizados desde el nacimiento de Leo. Es evidente que este niño nunca ha estado desatendido.
Hoy el tono es totalmente cordial y se disculpa en varias ocasiones por el trastorno que nos han ocasionado. Nos dice que el caso se va a archivar y que llamará a la Dra. Martínez para que no nos moleste más.
Y ahora que todo ha pasado me pregunto qué hubiera sucedido si el sentido común no se hubiese impuesto frente a la prepotencia de esa Dra. Leo es fruto de un embarazo deseado, vino al mundo en nuestra propia casa tras un parto armonioso y rápido, el vínculo madre-hijo se creó desde el primer instante. Leo ha llegado a un hogar habitado por una pequeña familia unida que se respeta y se ama. Los abuelos viven a dos minutos de casa y hasta ahora no ha habido necesidad de llevarlo a ninguna guardería porque consideramos que si se trae un niño a este mundo es para estar con él y no para colocarlo con gente extraña lo antes posible. El entorno de nuestro hogar es verde, puro campo y por tradición familiar, no hay televisión.
Probablemente, si Leo hubiese sido ingresado y sometido a los tratamientos claramente innecesarios que cree imprescindibles la Dra., la corta vida de Leo habría quedado marcada para siempre, quebrantándose inexorablemente la confianza establecida entre él y nosotros. Es un niño de un carácter excepcional, seguro de sí mismo y respetuoso con su entorno. Pero según la Dra. a la edad de quince meses los niños no tienen traumas… Parece ser que desconoce que el carácter de un futuro adulto ya va tomando forma en el vientre materno.
No niego que me haya sentido furiosa contra la Dra. por la angustia y humillación sufridas y lo lógico ahora sería denunciarla a ella. Pero ahora con la calma, pienso que la Dra., a pesar de haber cometido un tremendo error profesional, es una persona comprometida con su trabajo y que nos ha denunciado porque de verdad estaba preocupada por Leo.
La lástima es que no haya sabido juzgarme como madre y persona, con huerto propio y buenos conocimientos sobre alimentación sana. Pienso que le queda mucho que aprender y desde aquí me gustaría invitarla a reflexionar sobre el tema, incluso invitarla a nuestra casa para que vea la realidad de nuestro hogar y que quizá se atreva a cuestionar la rigidez del sistema, y que las personas que vivimos y hacemos las cosas de una manera diferente a lo que se supone “normal” no somos bichos raros, sino gente comprometida con la calidad de vida y el respeto por nuestro entorno.
S’arracó, 30 de abril de 2011
Elena Kempf, madre de Leo.

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