De vuelta al hospital

Roser Gallardo, comadrona, antropóloga, madre y miembro fundador de la Associació Naixença, ha sumado su testimonio profesional al libro de Isabel Fernández del Castillo, La Revolución del Nacimiento, como un ejemplo de que el cambio hacia la atención en el parto y nacimiento, a pesar de la resitencia, es posible. Aquí va el extracto:

Otro importante cambio se ha producido en las Islas Baleares, donde el estímulo de las asociaciones locales ha servido para que se incluyera en la Ley Balear de Salud el derecho de toda usuaria a dar a luz conforme a las recomendaciones de la OMS. De momento esta opción solamente se ofrece en el hospital de Manacor, donde Roser Gallardo y el equipo de comadronas del hospital ofrecen una atención respetuosa y -como recomienda la OMS- con el mínimo grado de medicalización posible. Así nos cuenta Roser Gallardó cómo se realizó la transición:


DE VUELTA AL HOSPITAL

Después de dieciocho años de trabajar en atención primaria, no es fácil volver al hospital, y menos si tenemos en cuenta que durante estos años la medicalización del parto y nacimiento se ha incrementado hasta llegar casi a desaparecer los partos naturales o fisiológicos. Si a todo ello le añadimos que, además, estaba y estoy asistiendo partos y nacimientos en casa, puede parecer algo masoquista la decisión, pero la apariencia nunca estuvo tan lejos de la realidad. Claro que tenia motivos muy importantes y puedo asegurar que si no los hubiese tenido, continuaría en primaria. Las cosas no pasan porque sí, siempre hay un porqué; algunas veces nos encontramos forzadas a tomar decisiones que nunca hubiésemos imaginado y que son necesarias para que cambien las cosas.

El mes de julio del 2003, empecé en el paritorio de un hospital comarcal donde se asisten entre 1100 y 1200 partos anuales. La elección del Hospital de Manacor fue meditada. Siendo como era un hospital con una asistencia al parto y nacimiento medicalizada, esta era más respetuosa que en los demás hospitales y las comadronas tenían un poco más de autonomía (de noche, casi toda). La gran mayoría de los partos eran atendidos en litotomía (tumbadas boca arriba), se administraban enemas y se canalizaba una vía (se dejaba el catéter puesto para poner el suero). La amniorrexis (rotura de la bolsa de las aguas) y la administración de oxitocina (hormona sintética que provoca contracciones uterinas) se dejaba a criterio de la comadrona o ginecóloga. Casi todas las mujeres parían con epidural, el hospital lo tenía entre sus objetivos de calidad. Se cortaba el cordón umbilical sin esperar a que dejase de latir y el bebé era llevado a una sala contigua para realizar los primeros cuidados. El inicio de la lactancia también dependía de la comadrona.

A diferencia de los otros hospitales, no se rasuraba, la monitorización siempre era externa, se podía utilizar la telemetría (monitorización que permite la deambulación), la episiotomía no era rutinaria ni tampoco la administración de enema, sino que dependían de la comadrona.

La plantilla diaria la formaban (la forman): un ginecólogo o ginecóloga (la mayoría son mujeres), una comadrona, una enfermera y dos auxiliares de enfermería (noches y festivos solo una). La comadrona recibe a todas las gestantes a partir de las treinta y cinco semanas, las valora y decide o no su ingreso, por supuesto, siempre que todo sea normal. Supervisa los monitores de controles de bienestar fetal ambulatorios y atiende a la mujer desde que ingresa en la sala de paritorio. Con todo ello, más una media de 3’2 partos al día, la jornada resulta algo cansada.

El primer año fue muy duro. Prácticamente todas las mujeres parían con la epidural, no estaba acostumbrada a asistir a mujeres tumbadas en la cama, me asustó su facilidad para desconectar de su parto, como si el nacimiento de su bebé no dependiera para nada de ellas. Agotadas e incapaces de empujar a su bebé, estos habían de ser “sacados” con instrumentos demasiado a menudo (fórceps, ventosa o espátulas) o, en el peor de los casos, con una cesárea. Úteros que sangran en más cantidad, sin contar las no poco frecuentas hipotensiones, etc.

No fui bien recibida por una buena parte de ginecólogos y ginecólogas. Aunque la mayoría no se atrevía a manifestarlo públicamente, los comentarios por detrás no dejaban de ser atrevidos.
No administraba enemas, ni oxitocina, no practicaba amniorrexis artificial No utilizaba las perneras alegando que no sabía asistir partos en esta posición (claro que sé, así fue mi formación); nunca ninguna mujer me lo ha solicitado. Las mujeres parían sentadas o en cuclillas en la cama; tenemos una cama de las que se transforman en una especie de sillón, que resulta bastante cómoda para adoptar la posición de cuclillas. Estudié las camas probando todas las posiciones posibles, la cama era el lugar incuestionable para el momento de la salida del bebé (llamado expulsivo). No me vestía de cirujana, como era la costumbre, ni cubría a la mujer con paños verdes estériles, porque solo estaba asistiendo un parto, no una intervención quirúrgica. Solamente practicaba episiotomías en casos excepcionales. No cortaba el cordón hasta que dejaba de latir y facilitaba el inicio inmediato de la lactancia materna.
Sí que me ponía el gorro y también a la señora (los primeros meses) y, por supuesto, canalizaba una vía (ponía el catéter del suero). ¡Dentro de la medicalización era incuestionable parir sin suero!

No sabía si seria capaz de aguantar mucho tiempo. Podría extenderme en relatar la cantidad de situaciones desagradables. A modo de muestra, recuerdo una ocasión en que se me olvido administrar un antibiótico y se comentó que, como era naturista (rarita), no ponía antibióticos, y por tanto se me tenía que perdonar.

Los ingresos de partos normales que eran hechos por alguna ginecóloga venían acompañados de indicaciones como: “amniorrexis más estimulación oxitócica”. Alguna más atrevida decía a las auxiliares: “A esta señora le ponéis un enema aunque Roser diga que no”. Por supuesto no se le administraba. Nunca les hice caso, en el parto normal la especialista soy yo, y no aceptaré ordenes que se entrometan en mis competencias.
Cuando requería la presencia de la ginecóloga en un parto, lo primero que hacían era tumbar a la mujer y pedir las perneras (alguna, incluso, en tono desafiante), cubriéndola casi completamente con paños estériles y convirtiendo el parto en lo más medicalizado posible, como si lo que se hubiese hecho hasta el momento estuviese mal.

No recuerdo que el personal de enfermería cuestionase mi trabajo; sí a una auxiliar que intentaba convencerme para poner enemas (lavativas), porque: “¿Y si hacen caca?”, como si con los enemas esto no ocurriera.
La presión era fuerte, y en muchas ocasiones estuve tentada a dejar el paritorio. ¡No lo podía soportar! Pero siempre aparecía oportunamente una mujer demandando un parto natural, era emocionante, mis compañeras auxiliares y enfermeras que no estaban acostumbradas alucinaban y algunas no podían contener las lágrimas. Y yo me decía a mi misma que solo para que alguna mujer y algún bebe tuvieran esa oportunidad, ya valía la pena quedarse. El personal de enfermería se fue sensibilizando cada vez más y el tipo de atención fue cambiando, ofreciendo una atención más respetuosa a la madre y sobre todo al bebé. Todas las actuaciones que íbamos introduciendo las explicábamos las veces que fuese necesario a nuestras compañeras. Hoy en día, cualquier enfermera y cualquier auxiliar de nuestro paritorio es capaz de defender un parto y nacimiento fisiológico. Entendemos que las personas protagonistas son la madre y el bebé y que se les debe un máximo respeto, elija la madre el parto que elija.

El espacio físico o la sobrecarga de trabajo, excusa tan habitual para no atreverse a introducir cambios, nunca fue un obstáculo para nosotras. Nuestra área de partos es exageradamente pequeña con relación a la demanda. Únicamente disponemos de dos salas paritorio-dilatación (sala única para dilatar y para recibir al bebé), resulta habitual tener que habilitar la sala de control de monitores para paritorio, y no pasa nada.

El deseo del cambio ha hecho posible que, de alguna manera, todas nos encontremos implicadas (enfermeras, auxiliares y comadronas). Hemos mejorado el aspecto físico de nuestro paritorio: con pósters, fotos o puzzles enmarcados; cojines de colores para facilitar posturas en dilatación, parto y lactancia; espejos de mano para que las madres puedan ver nacer su bebé o ayudarles en los pujos (especialmente en las epidurales), a los que algunas compañeras comadronas les llaman el “fórceps natural” por la respuesta que desencadena; pelotas para utilizar durante la dilatación; reproductor y CD. Tenemos pedida una banqueta de partos (pequeña silla) y una bañera, que no sabemos si llegarán.

La sobrecarga de trabajo es importante, sobre todo por lo que respecta a la comadrona. Es cuestión de aprender a organizarse con los recursos disponibles. Tenemos claro que las mujeres se sienten acompañadas, no es necesario estar todo el tiempo a su lado, más bien algunas veces puede ser contraproducente, son mujeres que no nos conocen y que se podrían sentir inhibidas ante nuestra presencia constante (todas vienen acompañadas). Lo importante es la calidad, no la cantidad, siempre hay alguna persona disponible que puede preguntarle si se encuentra a gusto, por ejemplo, para que no se sientan solas y sepan que estamos allí.

Las comadronas elaboramos un proyecto para la mejora de la atención en nuestro paritorio. El proyecto fue bien aceptado en un principio, pero a la hora de ponerlo en práctica aparecen los problemas. Elaboramos un protocolo de atención al parto y del nacimiento, siguiendo las indicaciones de la OMS; este protocolo ha sido boicoteado por algunos ginecólogos, uno de ellos llego a elaborar un protocolo alternativo, dando prioridad a las decisiones médicas por encima de todo, en nombre de la seguridad de la madre y del bebé. No hemos conseguido, por ahora, que nuestro protocolo sea aprobado, pero algunas lo estamos siguiendo casi sin dificultades, lo que nos hace pensar que pronto será una realidad. La autonomía de la comadrona en los partos normales ya parece que es aceptada y cada día es menos cuestionada.

Estamos orgullosas de los logros conseguidos, nuestra atención es cada vez más respetuosa. Por poner algún ejemplo, podría decir que casi no recordamos qué es un enema, ni siquiera las ginecólogas que lo indicaban, o que las episiotomías han disminuido de forma espectacular: en el año 2003 teníamos un 40 por ciento (porcentaje bajo comparando con la media del Estado Español). En el 2004, fue de un 23 por ciento; en el 2005, hasta el mes de septiembre, estamos en un 14 por ciento; hemos aprendido que sólo son necesarias en pocas ocasiones. Casi no hay desgarros y de haberlos suelen ser pequeños (grado I).

Realmente, se podría decir que la única presión importante fue, y es, por parte de los ginecólogos y ginecólogas. Es una cuestión de poder.
Sabemos que en algunos centros existen presiones, también, por parte de las compañeras comadronas, nosotras no tenemos este problema. En el hospital somos muy pocas y no es fruto de la casualidad que la mayoría nos encontremos trabajando juntas; tenemos muy claro cual es nuestro trabajo.
Soy consciente que defender y recuperar nuestro espacio profesional no es fácil. Llevamos muchos años siendo la asistenta del medico, nos hemos dejado arrebatar lo que es nuestro sin darnos casi cuenta de la importancia de ello. Algunas compañeras se esconden detrás de diversas excusas para no asumir la responsabilidad que conlleva nuestra profesión. Pero asumirla es imprescindible para conseguir la autonomía.

Roser Gallardo, comadrona. Octubre 2005

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